in

MIRADA INTERIOR La Costeñía: identidad cultural en poemas, corridos, sones y chilenas (Primera parte)

Por: Isaías Alanís

Empezar a hablar de una región cultural, no es congruente con la reducción -absurda- del federalismo. Existen otros factores que determinan su ubicación política, cultural, económica y simbólica. Estar situada en la parte sur del Pacífico y por el oriente hacia el macizo montañoso de la Sierra Madre, le proporciona a esta región cultural, estructuras lingüísticas, etnias y de espacio físico, diverso y cuya historia se ha compartido por siglos, mucho antes de que entrara a tambor batiente la espada y la cruz, ambos, símbolos de destrucción y desgarradura. (1) (Octavio Paz, El laberinto de la soledad).

Existen estudios sobre esta relación que sobrepasa los resultados de nación y que es una micro región comparada con el gran manantial de pueblos que hoy existen en América; hay consonancias y diversidad: climas, ríos y culturas que ya existían, antes de que fuera “inventada” por los europeos, según la tesis de Edmundo O’ Gorman (2) La invención de América.

Desde luego que su desarrollo histórico se ha logrado gracias al mestizaje y a la pluralidad con la que se nutrió la América Española, portuguesa, inglesa, francesa y holandesa, en los siglos XV, XVI, XVII y subsiguientes.

¿Acaso la tan ida y llevada identidad cultural del costeño es otro mito que hay que desatar de sus lazos y ponerlo en su justo lugar? Si es así, primero tenemos que enfrentarnos a una serie de estudios inaugurados por el doctor Aguirre Beltrán, y no necesariamente seguirlos a pie juntillas, porque al menos en música, el afamado ethos violento del negro de la costa, no difiere en mucho del que utilizan en la Laguna, Chihuahua y Zacatecas. Que en aquellas regiones se haya dado un temprano desarrollo y dejado de ser comunidades rurales aisladas y sin contacto con la modernidad, es otra cosa.

Al superado ethos violento hay que destacar y analizar el ethos gozoso de los pueblos que habitan esta región. A simple vista resulta obvio que la cultura mesoamericana influyó más que la de los esclavos traídos de África. Pese a que existen mitos sobre el concepto del tono, acaso los más representativo, en el gran corpus cultural de lo que hemos llamado la Costeñía, el vudú esta ausente de los pueblos que habitan esta región.
Bailes, cantos, formas de moverse, gastronomía y danzas, contradanzas y el baile de artesa, fumar puro, tienen coincidencias culturales asimiladas por los huancos y negros. Es un abigarrado fruto y nicho cultural abierto en canal para su estudio y desciframiento de las profundas raíces de conceptos tan simples como el tono derivado del nahualismo prehispánico.

La chilena que se baila en Tututepec, Oaxaca, es diferente a la que se baila en el Ciruelo o San Nicolás, no solo desde la dotación instrumental. Y otro ejemplo, en la vaquería que se celebra cada años en Cuajinicuilapa, hombres y mujeres que asisten a esa fiesta del comer y beber, la mayoría pastores que viven en los ranchos ganaderos, danzan la Chilena con coreografías exquisitas y novedosas. Sobre la tierra y descalzos sus movimientos y circunvoluciones son únicas que no tienen nada que ver con la chilena de Pinotepa, Ometepec y Cuajinicuilapa pero que guardan similitudes precisas. Podría pensar en una contradicción, pero no la es. Y no me quiero detener a explicar las coincidencias y diferencias de un baile ejecutado por diversos pueblos, lo que tenemos ante nuestros ojos es un ejemplo de que la Costeñía es un perfecto entramado de formas de interpretar con su universo simbólico el mundo que habitan y al cual representan desde su respectiva óptica diversos pueblos separados económica y culturalmente, pero unidos a través de los amarres de sonidos, música, cantos, cuentos, comida, y esa imprescindible estructura simbólica del ethos gozoso.

En la región cultural que nos ocupa, se mezclan e interactúan, individuos de origen hispánico, amusgo, mixteco y como afirma Aguirre Beltrán, en el siglo XVII se produce a fuerza de garrote, barco negrero y escorbuto la exportación de carne humana; africanos del Sudán Occidental y los Bantú, fueron los primeros en llegar a la región y son las etnias de mayor influencia en la cultura mexicana. Los negros de la Costa de Guinea ingresaron tardíamente y en menor número. Este criterio ya ha sido rebasado por otros estudiosos, lo anotamos porque nos sirve de palanca para intentar definir una región cultural poliétnica, que durante su desarrollo recibió a inmigrantes forzados -como los negros- y a otros que por descuido de los vientos o amargura de los movimientos sociales, guerras o destierro, escogieron por azar ese espacio físico para vivir y a donde llegaron con su propio bagaje cultural. Un caso que no se ha estudiado es la exportación que los ricos ganaderos de la región hicieron en la década de los cuarentas de “calentanos”, cuyo objetivo fue enseñarles a los “morenos”, técnicas agrícolas.

Costachiquenses oaxaqueños y guerrerenses comparten valores y sin sabores culturales que los caracterizan. Y un lazo de unión indisoluble es la chilena, el son, comida y fiestas patronales de petición de lluvias y agrarias, carnavales; así como artesanías, danzas, un espacio simbólico diverso y particular, la ganadería y la cultura del caballo se concentran en la fiesta de Santiago y las casi desaparecidas Vaquerías, en suma son pueblos que llevan en sus rasgos simbólicos todo el peso de la Costeñía. entendida como un útero cultural, se expresa particularmente en la música, el habla, modismos, en fin en el lenguaje propio de la región, así como en tradiciones donde se funde lo español con lo árabe y lo mesoamericano con la africanía expulsada de sus lugares de origen. Alejandro Gómez Maganda, en su poemario Arpas negras, Efraín Villegas Zapata, Cuquita Massieu, entre otros, incursionan poéticamente en el habla de los afromexicanos de la Costa Chica y su cosmovisión interior.

*Síntesis de un ensayo que será leído hoy miércoles durante el “Encuentro Afromexicano” a celebrarse del 29 de abril al 5 de mayo en Cuajinicuilapa, Guerrero, México.